muchedumbre descosida
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Íbamos caminando por un puente, estábamos a punto de atravesar un cuello a pié con la última palabra, fugaces palabras\. Por qué teníamos que envolver este presente, para mañana, para nadie que lo abra; por qué no seguíamos cruzando la vereda, obviando los carteles, las respuestas, los autos y las multitudes que yacían debajo. De pronto, un grupo de niños se asomaron agitando sus pañuelos bajo el cuello, deslizando sus cuerpos como marionetas, como dardos lanzados sin refugio. No tenía caso, seguía olvidando que continuaba yo, caminando sola en la via a casa, via de vuelta a la otra puerta, mi otra casa.
Descendí al paradero y la multitud envolvía mi tristeza. Una mano alzada, cuchillos apuntando hacia los ojos para capturar con presura; cada ves la gente actuaba más extraño, pero que carajos hacía yo meditando en el tumulto; tenía que llegar a clases esta ves temprano, tenía que empezar a rescatarme con alguna disciplina.
A rodar así, un móvil me conduciría a mi destino. Era invierno, y parecía romper su aliento en las ventanas. Sí, aquí dentro hay también silencio, pero todas las desventuras de estos sacos acomodados en la línea que comparto, se enriedan, se ahogan y aplastan como orugas anidadas en la puerta.


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