Toyota

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Parece que Papá acaba de traer el auto como es costumbre los domingos a las 4, es difícil explicar la bicicleta que de pronto se echa andar dentro de cada uno de los que nos vamos a subir; bicicletas dentro de un Toyota, para aumentar la insensatez; somos ruedas y nos damos rienda suelta al silencio mientras recorremos el túnel de sonidos; aquí nuestras voces quedan anuladas, acaso porque el lenguaje ya ha sido iniciado por los insectos, somos bastante tolerantes, esperamos que nuestros anfitriones rompan el hielo y nos comuniquen sus dudas y somos baldes aguardando la lluvia.
He pensado que el horror puede danzar entre las mariposas, a través de la caída rosácea del sol, ellas exhalan su último aleteo y las orugas levantan su primer paso al suicidio aéreo. El auto recorre el fundo, ha girado alrededor de la cerca y la tuerca que adentro se cierne, ha disipado su movimiento en preguntas, en atrapar las palabras para detener la insoportable conversación de todos los insectos nocturnos; nadie quiere callarse, todos hablan al mismo tiempo y el lenguaje al que he sido sometido es cruel y es incierto. La luz no me deja hablar, así que nos disponemos a entablillar el auto para estantes, y cenas. Hemos descubierto que el sonido puede repartirse en los anaqueles, sin embargo a su vez, estamos obligados a asistir a la función de estas conversaciones perpetuas. En realidad estamos cambiando; vamos probando el suelo y de nuevo vamos probando el suelo y de nuevo como llantas vamos probando el suelo.

Mi padre ha detenido el auto y nos ha preguntado qué lenguaje tiene esa abeja taciturna que se empeña en hacerse notar, hemos detenido la rueda y descrito su trayectoria, su agitar desesperado nos comunica que hemos llegado tarde, el vals en el bosque ha iniciado sin nosotros, nuestro lenguaje estorba y nuestra lengua ha perdido su redonda forma de hacerse entender.

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