El ala-madre de Vallejo
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El siguiente texto va de la mano de un extracto del poema Pasos Lejanos de Vallejo. La ansiedad estructural de la sociedad; acaso no se detiene, no se pausa en este abrazo fundacional.
«La ternura es, ante todo, adaptación a este ritmo lento, y a la par abundante, dentro del cual hace eclosión la vida. Es, fundamentalmente, desdén del tiempo, olvido de la prisa. En la caricia el tiempo queda suspendido y su más profunda esencia radica en el acorde secreto en el que se instala “la espera”. Unos acordes, el ritmo inescrutable de la vida; la mano que acaricia olvidada del tiempo, de su transcurrir, parece esperar que algo se entreabra y despliegue. Es como un aguardar a que las cosas se revelen en su esencia, y de ahí su lento respeto, su confianza en una identidad arcaida con lo que es acariciado. Una caricia apresurada es la negación de toda ternura. Si la ternura se atropella, basta esto para revelar su falsedad. Hay en toda ternura una sosegada espera al mismo tiempo que una seguridad tranquila. ¿No es la lentitud de la caricia una evocación de la lentitud de todo crecimieto? Y su ritmo, tan opuesto al atropello y a la prisa, ¿no es el eco de ese ritmo con el que toda vida se va desarrollando? Si la caricia da confianza es porque nace de una hondísima confianza en aquello que con la vida surge. En la ternura y en la caricia, la intencionalidad del hombre, el tono de su ser y de sus músculos se solidarizan con el ritmo profundo que renueva las células, los materiales de la vida, con un tiempo biológico, lento, calmoso. Por eso la caricia materna calma el dolor del golpe mejor que ningún analgésico; sabe, de antemano, que aquello va a pasar, que la herida y el daño, arrastrados por el fluir de la vida, van a ser reparados.»
[Cesar Vallejo: Pasos Lejanos.]

«La ternura es, ante todo, adaptación a este ritmo lento, y a la par abundante, dentro del cual hace eclosión la vida. Es, fundamentalmente, desdén del tiempo, olvido de la prisa. En la caricia el tiempo queda suspendido y su más profunda esencia radica en el acorde secreto en el que se instala “la espera”. Unos acordes, el ritmo inescrutable de la vida; la mano que acaricia olvidada del tiempo, de su transcurrir, parece esperar que algo se entreabra y despliegue. Es como un aguardar a que las cosas se revelen en su esencia, y de ahí su lento respeto, su confianza en una identidad arcaida con lo que es acariciado. Una caricia apresurada es la negación de toda ternura. Si la ternura se atropella, basta esto para revelar su falsedad. Hay en toda ternura una sosegada espera al mismo tiempo que una seguridad tranquila. ¿No es la lentitud de la caricia una evocación de la lentitud de todo crecimieto? Y su ritmo, tan opuesto al atropello y a la prisa, ¿no es el eco de ese ritmo con el que toda vida se va desarrollando? Si la caricia da confianza es porque nace de una hondísima confianza en aquello que con la vida surge. En la ternura y en la caricia, la intencionalidad del hombre, el tono de su ser y de sus músculos se solidarizan con el ritmo profundo que renueva las células, los materiales de la vida, con un tiempo biológico, lento, calmoso. Por eso la caricia materna calma el dolor del golpe mejor que ningún analgésico; sabe, de antemano, que aquello va a pasar, que la herida y el daño, arrastrados por el fluir de la vida, van a ser reparados.»
[Rof Carballo, Juan: Violencia y ternura. Madrid: Prensa española, 1967, p. 208]

«El abrazo», de Klimt
"(...)Y mi madre pasea allá en los huertos,
saboreando un sabor ya sin sabor.
Está ahora tan suave,
tan ala, tan salida, tan amor (...)"
saboreando un sabor ya sin sabor.
Está ahora tan suave,
tan ala, tan salida, tan amor (...)"
[Cesar Vallejo: Pasos Lejanos.]


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