C16

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Se acercaban mis 16 cuando mi abuelo me propuso el viaje; “el viaje de mis sueños” me dijo él tan solemne; y yo le dije, no gracias abue, yo ya tengo mis planes.
A la semana, nos embarcamos en el viaje; mi madre había decidido que ya era hora que aprendiera a ser más independiente, y tendría que conocer otros espacios. Me vendió a mi abuelo, así lo sentí en ese momento. No quería conocer una casa nueva, ni ocuparme de mis quehaceres personales sola, y menos tan lejos de mis amigos y las reuniones sociales; pero no tuve opción alguna y me enrumbe en dicho viaje, tal cual mascota con su amo.
Mis abuelos eran dueños de muchos terrenos por todos lados, en algunos casos por herencia y en otros por adquisición propia. Nuestro destino final era el “Fundo Panez”, llamado así por las gentes de allí, que viendo en mi abuelo una persona tan solidaria y caritativa para con ellos, siempre le decían que el pan que les invitaba era lo mejor de la región, y así de tanto hablar del pan del abuelo Guillermo, lo bautizaron como el señor Panez, y posteriormente el Fundo también; como el Fundo Panez, ya que así lo conocían mejor.
Al llegar a la selva, jamás creí que me quedaría tanto tiempo; no por ser un lugar desagradable, sino por los planes tan diversos que tenía para mi vida en ese momento. El fundo contaba con doce hectáreas de naranjo y dos hectáreas de piña dulce. La casa cuando la vi por primera vez, lucía tan vieja para mí, que creía se iba a derrumbar en cualquiera instante, incluso temía por las noches quedarme dormida y que en la madrugada pudiese caerse todo abajo; mi miedo era infundado por supuesto, pero yo no sabía de casas de madera viejas en ese tiempo, solo sabía de los suburbios y de criados. Tenía solo dos pisos, pero bastante amplios, con habitaciones de ventana hasta el piso con vista al hermoso verdor que nos rodeaba como una soga en un nudo. Siempre admiré las distancias de sábanas de verdor que jamás había visto, y los árboles más frondosos que pudiera haber conocido ante mí; pero con el tiempo todo eso empezó a ahogarme. Toda la inmensidad de belleza que rodeaba la casa me estrangulaba el pensamiento, me hacía dar vueltas por la casa y a abrir todas las ventanas. Cada día se iba haciendo más pesado que el otro, como si algo más importante tuviese que estar haciendo en otro lado, aunque no supiese con certeza que era eso. Yo no quería estar ahí, ya habían pasado más de cinco meses y ya era suficiente.
Una tarde le pregunté al abuelo por qué mi madre no venía por mí como lo había prometido, por qué había sido tan mentirosa y cual era el interés de ambos por retenerme en esta casa. El abuelo se quedó en silencio y se volteó para empezar a soltarse en llanto. No lo entendía, tal vez había sido ruda con mis términos y le había clavado un pesar a mi abuelo, pero también sabía que había algo más, y tuve miedo de preguntar, así que me fui corriendo hacia el campo sin rumbo, escapando de la respuesta del abuelo. No especificaré por qué me quedé más tiempo, pero era el único lugar del mundo donde podía vivir desde ese suceso.


Tiempo después; me casé, tuve dos hijos y le encontré un sentido a la vida por un tiempo, pero no me bastó, esa no era yo.
Recuerdo que cuando tenía 16 y recién había llegado a esa casa, Rayda la ayudante del abuelo; me seguía para todo lado, decía que tenía que cuidarme y enseñarme todo lo que necesitaba saber. Es entonces que a ella le preguntaba yo todo, todo lo que no sabía e incluso lo que sabía no me respondería.
Un buen día ella me trajo un ave muy peculiar, era una avecita pequeña de plumaje negro azabache con una cresta sobre la cabeza como de un gallo de color rojo puro, era un ave hermosa y Rayda no le sabía su nombre; estaba herida, y la había traído para que la cure y la alimente, en ves que sufra a la intemperie en algún lugar fuera, y fuese devorada por algún roedor o serpiente.
Me encariñé con ese ave, era hermosa y exótica, nunca había visto nada igual, no era delicada como las otras avecillas que yo había visto, era más bien de una presencia mas humana y masculina. Todas las mañanas me levantaba para saludarla en la sala, como si fuese mi amiga. A la semana se recuperó y ya volaba de una esquina a otra en la jaula que había inventado uno de los trabajadores de mi abuelo.
Rayda me decía que era una crueldad que no quisiésemos dejarla ir, que un ave así, tenia que volar lejos y no quedarse como un florero en casa; comprendí su argumento, pero me negué; Vitta era mi amiga ahora (aunque no supiese bien su genero); no podía dejarla ir, era mía. Desde ese día, sentí vergüenza con Rayda, sabía en el fondo que tenia razón, no podía retener más tiempo a un ser silvestre así por tanto tiempo, sería matarla en vida; así que decidí soltarla y fui a la sala del segundo piso para abrir el candado que el abuelo le había puesto, pero la llave no era la misma, así que tuve que rendirme. A los días le pregunté al abuelo donde estaba dicha llave y me respondió molesto que yo no podía liberarla, ya que ahora tenía otro dueño y seria vendida. Me entristecí por ello, renegué con todos ese día, y deje de comer un día por pasarla llorando.

Yo tampoco tuve libertad y me pasé muchos años viviendo de lo mismo. Nos habíamos mudado con Rafael mi marido, a la ciudad; para vivir en una mejor calidad de vida, como él solía decir. Vivíamos en un departamento, que íbamos pagando año a año, con nuestros sueldos ajustados.
Con el tiempo me acostumbré a esa vida, pero vivía reprimiendo hasta mis pensamientos, y me daba asco, como se le tiene asco al cuerpo putrefacto después de haber dejado este mundo.
Así, un día común, lo planee todo, y decidí cambiar todo esto.

(…)

Tendría que haber bajado por la escalera con más silencio, sin el apuro que me atropellaba el buen juicio, pero ya no podía cavilar con sosiego, me temblaban las piernas del nervio, de la sola idea rondando mi cabeza: Tendría que dejarlos, tenía que irme.

Había despertado casi de sobresalto, como si un sueño perturbador me hubiese traído el anuncio del escape, no podía recordarlo y en sí tampoco intentaría recrearlo. Despegué los ojos del techo y fui limpiando mis ojos del letargo y me percaté de Leonard, bajo mi brazo. Estaba él, enrollado hacia mi cuerpo, con el gesto fruncido y el cuerpo reprimido. Le di un beso en la mejilla, como los que solía darle por las mañanas a los cinco años. Ahora ya no era un niño, pero aun se asía a mí como a sus cinco. Despojé mis brazos de su cuerpo, me retiré en silencio de su espacio y lo observé por un momento y pensé: Que pensará de mí, cuando tenga veinticinco.
No había más que pensar al respecto, ya lo había decidido hace muchos años; mi vida tendría que seguir su rumbo, al menos el que yo había soñado.
Retiré de la cama los zapatos de Leonard, guardé las fotos que había dejado tiradas por el piso, me puse los botines que hacía diez años no me había puesto, y recién luego busqué ponerme un saco sobre las ropas. Enseguida comenzó el nervio a apoderarse de mi cuerpo, ya no me movía con silencio sino con una torpeza inoportuna que hacia chistar el piso. Fui al cuarto de Danielle y ella yacía allí tan albúmina y fresca como un cielo, ella se parecía mucho más a mi madre que a mi y al pensarlo me llené de desprecio; cerré su cuarto y me dirigí de nuevo al mío, observé a Leonard tendido tan quietecito y le mandé un beso con un gesto; cerré también mi cuarto, bajé sin ritmo los escalones hasta que casi tropiezo, di un salto en el último escalón y tomé las llaves de un tirón para correr hacia el umbral de la puerta, cerré con llave y me aleje caminando remisamente, pero con el corazón exasperado por avanzar mas rápido.
Un vecino venia corriendo en mi dirección y me mandó un saludo, lo miré y solo le respondí el gesto, voltee y seguí mi trayecto; caminé, caminé hacia el paradero de buses casi seis cuadras, al llegar tomé un taxi que me llevaría al aeropuerto; y me olvidé de la vida que estaba dejando. No siento remordimiento al evocar este hecho; por qué habría de sentir arrepentimiento. Hubiese sido una madre común, habría cumplido con mis hijos de la forma más digna y habría también sido una esposa mansa y responsable, y esa persona no era yo. Por supuesto me detuve a pensar en mis hijos muchos años, y en el rencor o nostalgia que me guardarían por siempre; pero el destino de sus vidas y sus afectos no iba a decidirlo mi presencia ya en esos años. Les había dado todo, incluso les había inventado una madre, un cariño que nunca llegué a comprender del todo, y que me enseñaron también ellos. Qué más podría haberles dado, que mi vida funesta y mi depresión continua. Al quedarme hubiese sido una madre que llora encerrada en el baño, que se seca las lágrimas y dice que no está triste; que disfruta esta vida de familia y que por dentro se muere con cada cucharada de comida que ella se prepara, no; yo no quería esa vida para mis hijos. Ellos se daban ya cuenta sin la lógica aun, pero percibían que yo, no pertenecía a ese sitio, tenía que volar como el ser silvestre que siempre fui.

Era un día corriente para cualquiera, un día nublado de bullas de tráfico en Lima, de peatones surcando a tropel las pistas sin permiso, un día de lunes de trabajo y estudio, alistando alguna preocupación mañanera desde temprano y una angustia de siempre bajo el brazo, era un día corriente; sin embargo para mi, era el primer día de mi vida, donde podía crearme y ser más que madre, más que esposa, más que una simple mujer de sociedad.

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