C18

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Dicen que por las noches Valeria solía escapar de su encierro en cuarto, a las tres de la madrugada para únicamente lavarse las manos. Era un modo de compulsión silente, que servía de compañía a su frágil y pálida expresión facial, al soltarse en llanto airado; para luego taparse la boca e incrustar cual fiera sus nobles dientes blancos sobre su labio inferior, tan marco y sonrojado por su angustia; y ella tan sola de par en par sobre sus calzas azules de felpa. Ella gemía su desregular respiro atropellado; cargando, bombeándole oxígeno a su canto líquido, a su tristeza silenciada; y bien se remecía en la locura con su llanto, enjuagando autómata sus delicadísimos dedos café. A oscuras, bajo el techo de su pesar; esta peculiar actividad nocturna, la llevaba a acariciarse la única parte de su dermis que se permitía cuidar con tanto esmero y prolija fiscalización a diario; tan íntima, tan lejana del escrutinio vespertino en casa. Uno a uno arrullaba los nudos de sus cohibidas y livianas manos. Cómo se descomponía una a una, en cada enjuague ella; y concluía en piezas por el lavabo, toda su juventud en coma.

/Hay, Syren mía, tan mía; cómo desempozas la azuleza líquida, que aun nos queda de aquellos días tan tuyos/

Vivía en una casa amplia, ingente para mis haberes visuales; que hoy todavía permanece en pie, a pesar de su desolada existencia presente.
En los días de Valeria…Pablo, su padre; llegaba a las ocho de la noche tan puntual como su reloj dorado. Marcia, su madre; a las siete ya tenía lista la cena, y Thomas a la misma hora, se estaba degollando seres mutantes con el playstation.

- ¿Qué de bueno hubo hoy en casa? -decía su padre-
- Lo de bueno de siempre papá, gané dos partidas más…qué tal ¡¡¡ –tan espontáneo; el hermano menor, aludía toda conversación a sus actividades individuales-
- Tom, ya deja de pasarte las 24 horas del día encerrado con ese juguete, digo juego; o como se llame esa cosa que te ha regalado tu padre, ya tienes que pensar en tus tareas del colegio…ya no estás de vacaciones.
- Ya Marcia, deja al niño que se entretenga con el juego un rato.
- Cual rato, si se la pasa todo el día metido en el cuarto gritando como animalito y celebrando cada uno de sus avances de esa actividad que nada bueno le va traer.
- Hay, ya déjalo comer, luego hablamos.
- Sí, Pablo; déjalo para luego todo, es lo único que sabes decir tan preciso y oportuno.
- Ah, entonces quieres arruinar la cena de nuevo como te encanta hacer últimamente.
- Ya, ya, ya, ya; se terminó; coman y tráguense sus cosas; yo no opinaré nada más al respecto.
- Mamá, cálmate, hay que comer en paz al menos hoy –lo intentaba Valeria con su madre-

Cada uno se aferraba a su plato con vista y diente, y ninguna palabra más saltaba de la boca de ninguno, ni por casualidad. Entre espacios y segundos, se espiaban la atención visual; pero, nadie llegaba a ceder. Era casi una costumbre familiar de los Umbría.

Marcia, en días como este; se ocupaba de los trastos sucios de la cena con un afán especial; quitaba los residuales alimentos en orden y categoría. Los huesos y/o carnes los envolvía en papel periódico, el arroz en una bolsa blanca y las servilletas usadas en la parte inferior de la bolsa mayor donde irían todas las pequeñas bolsas de restos de la cena. Los platos se lavaban primero, los vasos de cristal luego, y finalmente los últimos trastes o utensilios usados para dicha comida. Aun con todo limpio; Marcia, volvía a limpiar la cocina; reordenaba la refrigeradora y doblaba cada uno de los secadores con delicada precisión para dejarlos luego sobre la mesa de la cocina misma.

Thomas, se iba directo a la ducha; se deshacía de todo el sudor y culpa en la bañera; gota a gota, con su mano evidente de pubertad, se hacía lejos. Al salir de tan refrescante baño, reordenaba su escritorio con letanía, echaba las ropas usadas al tacho correspondiente y dejaba tan quieto y ordenado el cuarto, que ni él mismo se lo creía, y echaba una carcajada tan estridente, para luego lanzarse sobre su cama recién tendida por él mismo, hasta quedarse mudo en blanco, hasta apagar la motricidad de sus párpados y viajar al sueño.

Don Pablo, revisaba cada habitación ajena a los suyos, con el dedo índice; escudriñando alguna huella equivocada, alguna suciedad escandalosa; hasta quedar convencido que no tenía caso continuar con ello. Resignado con la mano en el bolsillo, se dirigía hacia la biblioteca llevando consigo un vaso helado de whisky, para terminar estirando la columna en el sillón junto a la ventana, tan calmo y fuera de sí. Pensando en cuan bien cuidados y pulcros conservaba sus libros reliquia, en casa.



Las ventanas diáfanas como el agua, no interrumpían ninguna imagen del exterior; el piso de parquet brillaba como recién barnizado a color miel. Si alguna impureza de materia existía en esa casa, los ojos de aseo no serían capaz de notarla.
Y la casa tan monumental, tan llena de claveles y rosales en sus jardines circulares; lucía tan diáfana, tan limpia de desorden y ajena de cualquier mugre indigna. En días como ellos, ninguna casa podría lucir tan falta de algún vendaval, tan en su lugar…Muy limpia, tal vez.

/Permíteme Syren, ensuciarla ahora, gritar en tu nombre alguna porquería sobre este piso a esta pura mierda. ¡¡Qué van a saber estas paredes de amores¡¡¡ valen más de un millón, pero ¡Qué van a saber de ti¡ No se ultrajó para tí ni en su rincón...para alcanzarte alguna novedad a las tres de la madrugada.
No llores, aun en tu inmortalidad, no llores más/


A: Alice M.O.U.

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