C20
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>>No<< continúa el pensar en el soleo del No y me fogueo los pechos, la boca; porque no puedo, porque pretendo que no encuentro al idóneo sustituto del No.
>>No debo<< Son una pareja de lirios que caminan por un sendero de luces hacia un punto con fin, hacia la brumosa inquietud que se yace azulina en un punto de cruz; por allá, por sus bifurcaciones se desvanece a rocío ese No, como el vestido que cae a ritmo de pluma, tan suave y limbosa entre el hilado lanoso del alba precoz, por los brazos, por el cuello de la avenida Santa Cruz. Y la descubro filosa, a forma piramidal en granito y se desliza, se estira estrechando cintura; unos pasos detrás y la parte un cercado a botones, donde se extienden un filar de faroles de luces, enroscadas en las partículas vaporosas que se apuntan y alejan del fuego, hasta vetearse en la plomiza ternura del roce de los algodones, que se aparecen como en venidas a mis venas despiertas, para darse un color purpuroso, para calmarme amildonada en las nubes. La calle avenida no a vista la cumbre, sumerge su cuello debajo de sábanas baldosas, se esconde en un punto vacío, donde se pierden mis ruegos, toda mi atención sostenida; que a duras penas le puede, que cojea de lado y se va apagando en la niebla celeste. Brel me toma a la mano y relampaguea conciente mi cuello y se pierde en sus pasadores, los que guarda debajo del piso; el que deja su piel como marca negruzca raída, en la madera arrancada y porfiada después de haberse henchido al arder >>No<< me digo nuevamente y me apego a su cuerpo como al mástil de mi día; su mirada se pierde en su propio ribete puntual, y yo me sacudo de la fecha marcada, la barro como suelo echar a mañanas a las hojas secas del patio de fuera. Las calles bajan y suben, mi torso se sube y se baja, y yo quiebro mi cuello a la espalda, y me quedo ahí subida tras cuello empujando a mi izquierda región ocular, me escondo, me doblo en retraso con lodo detrás de mi torso, para observar a conciencia tranquila mis pasos sujetos al brío, sin ningún destino ni aviso. Las edificaciones casi enmudecen despiertas y me clavan sus ojos tan prestos, callados; sosteniendo sus pestañas impávidas; yo las ignoro, me pierdo en mi sombra lechosa, en mis huellas con lánguido quiebre. Avanzo de lado como evitando el llamado del paso de Brel, me aparto a contradiciendo, para alejarme de su miedo riboso, para asirme del farol que mana una luz, una voz, y brillarme los ojos, devolverle su brillo inculpado, algunas horas al menos, las que duren este tramo a mis pies. Las miradas son huevos desiertos de sales de nieve, no hay nada, los iris se han ido; las manos se cuelgan se mecen por el triscar de la brisa, se sujetan y no quieren caer, no quieren llegar al piso tan negro, se acunan, se juntan por una razón misteriosa; su apego no advierte el campaneo oscilante del comunicarse usando un código social >>No<< no lo hay, los dos lirios no dicen nada, se han cosido la boca a destiempo en su cuerpo, en sus tallos tan firmes, tan calmos de todo, y es que para qué decir alguna cosa, se dicen; si la clave verbal no es absoluta, y los códigos se caen a gotas como el rocío de nuestras hojas. Es el alambre ese puente, el camino del universo, donde yacen el No y el Si, de todo lo suyo de a dos.


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