5:50 p.m.
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YO: "Involucrarse"
S.YO: ¿Qué es lo que pasa por tu mente?
ELLO: Pienso en la escena, siento la puerta abierta y el miedo que eso me genera. No me cubro el cuerpo, bajo desesperada por la escalera y descubro con espanto la escena siniestra. Veo cachorros pequeños de color negro, todos regados a montones por sobre todo el jardín y el patio, algunos chillan desangrados por el pasto y otros duermen tan calmos entre la sangre del vecino. La mayoría yace muerto, están despedazados o desgarrados por alguna mandíbula carnívora. Me aterro, me percato que está abierta la puerta que da a la calle; corro pisando los cuerpos y la sangre se escurre entre mis dedos, alcanzo rápido y cierro la puerta.
Regreso con el mismo terror y letargo en shock hacia la sala principal, donde encuentro todo el sitio vacío, se lo han robado todo, y él se yergue impávido en el centro, sin explicarse la razón de lo ocurrido. Está desnudo también y yo le culpo.
S.YO: ¿Por qué lo culpas?
ELLO: Es difícil, no quisiera decirlo
S.YO: Entonces…
ELLO: Entonces, no hay historia, fue solo un sueño; y yo no debí abrir la puerta.
S.YO: ¿A quién?
ELLO: No hay un quien, ni un alguien, solo no debí abrir la puerta.
S.YO: ¿Tienes miedo?
ELLO: Claro que tengo miedo, tengo pavor y terror, se me eriza la piel y no puedo pensar, solo siento el horror. Aun cierro los ojos y descubro la puerta abierta.
S.YO: ¿Puedo ayudarte?
ELLO: Sí, cierra la puerta por favor y asegúrate, que nadie vuelva a entrar.
4:18 p.m.
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Se acercaban mis 16 cuando mi abuelo me propuso el viaje; “el viaje de mis sueños” me dijo él tan solemne; y yo le dije, no gracias abue, yo ya tengo mis planes.
A la semana, nos embarcamos en el viaje; mi madre había decidido que ya era hora que aprendiera a ser más independiente, y tendría que conocer otros espacios. Me vendió a mi abuelo, así lo sentí en ese momento. No quería conocer una casa nueva, ni ocuparme de mis quehaceres personales sola, y menos tan lejos de mis amigos y las reuniones sociales; pero no tuve opción alguna y me enrumbe en dicho viaje, tal cual mascota con su amo.
Mis abuelos eran dueños de muchos terrenos por todos lados, en algunos casos por herencia y en otros por adquisición propia. Nuestro destino final era el “Fundo Panez”, llamado así por las gentes de allí, que viendo en mi abuelo una persona tan solidaria y caritativa para con ellos, siempre le decían que el pan que les invitaba era lo mejor de la región, y así de tanto hablar del pan del abuelo Guillermo, lo bautizaron como el señor Panez, y posteriormente el Fundo también; como el Fundo Panez, ya que así lo conocían mejor.
Al llegar a la selva, jamás creí que me quedaría tanto tiempo; no por ser un lugar desagradable, sino por los planes tan diversos que tenía para mi vida en ese momento. El fundo contaba con doce hectáreas de naranjo y dos hectáreas de piña dulce. La casa cuando la vi por primera vez, lucía tan vieja para mí, que creía se iba a derrumbar en cualquiera instante, incluso temía por las noches quedarme dormida y que en la madrugada pudiese caerse todo abajo; mi miedo era infundado por supuesto, pero yo no sabía de casas de madera viejas en ese tiempo, solo sabía de los suburbios y de criados. Tenía solo dos pisos, pero bastante amplios, con habitaciones de ventana hasta el piso con vista al hermoso verdor que nos rodeaba como una soga en un nudo. Siempre admiré las distancias de sábanas de verdor que jamás había visto, y los árboles más frondosos que pudiera haber conocido ante mí; pero con el tiempo todo eso empezó a ahogarme. Toda la inmensidad de belleza que rodeaba la casa me estrangulaba el pensamiento, me hacía dar vueltas por la casa y a abrir todas las ventanas. Cada día se iba haciendo más pesado que el otro, como si algo más importante tuviese que estar haciendo en otro lado, aunque no supiese con certeza que era eso. Yo no quería estar ahí, ya habían pasado más de cinco meses y ya era suficiente.
Una tarde le pregunté al abuelo por qué mi madre no venía por mí como lo había prometido, por qué había sido tan mentirosa y cual era el interés de ambos por retenerme en esta casa. El abuelo se quedó en silencio y se volteó para empezar a soltarse en llanto. No lo entendía, tal vez había sido ruda con mis términos y le había clavado un pesar a mi abuelo, pero también sabía que había algo más, y tuve miedo de preguntar, así que me fui corriendo hacia el campo sin rumbo, escapando de la respuesta del abuelo. No especificaré por qué me quedé más tiempo, pero era el único lugar del mundo donde podía vivir desde ese suceso.
Tiempo después; me casé, tuve dos hijos y le encontré un sentido a la vida por un tiempo, pero no me bastó, esa no era yo.
Recuerdo que cuando tenía 16 y recién había llegado a esa casa, Rayda la ayudante del abuelo; me seguía para todo lado, decía que tenía que cuidarme y enseñarme todo lo que necesitaba saber. Es entonces que a ella le preguntaba yo todo, todo lo que no sabía e incluso lo que sabía no me respondería.
Un buen día ella me trajo un ave muy peculiar, era una avecita pequeña de plumaje negro azabache con una cresta sobre la cabeza como de un gallo de color rojo puro, era un ave hermosa y Rayda no le sabía su nombre; estaba herida, y la había traído para que la cure y la alimente, en ves que sufra a la intemperie en algún lugar fuera, y fuese devorada por algún roedor o serpiente.
Me encariñé con ese ave, era hermosa y exótica, nunca había visto nada igual, no era delicada como las otras avecillas que yo había visto, era más bien de una presencia mas humana y masculina. Todas las mañanas me levantaba para saludarla en la sala, como si fuese mi amiga. A la semana se recuperó y ya volaba de una esquina a otra en la jaula que había inventado uno de los trabajadores de mi abuelo.
Rayda me decía que era una crueldad que no quisiésemos dejarla ir, que un ave así, tenia que volar lejos y no quedarse como un florero en casa; comprendí su argumento, pero me negué; Vitta era mi amiga ahora (aunque no supiese bien su genero); no podía dejarla ir, era mía. Desde ese día, sentí vergüenza con Rayda, sabía en el fondo que tenia razón, no podía retener más tiempo a un ser silvestre así por tanto tiempo, sería matarla en vida; así que decidí soltarla y fui a la sala del segundo piso para abrir el candado que el abuelo le había puesto, pero la llave no era la misma, así que tuve que rendirme. A los días le pregunté al abuelo donde estaba dicha llave y me respondió molesto que yo no podía liberarla, ya que ahora tenía otro dueño y seria vendida. Me entristecí por ello, renegué con todos ese día, y deje de comer un día por pasarla llorando.
Yo tampoco tuve libertad y me pasé muchos años viviendo de lo mismo. Nos habíamos mudado con Rafael mi marido, a la ciudad; para vivir en una mejor calidad de vida, como él solía decir. Vivíamos en un departamento, que íbamos pagando año a año, con nuestros sueldos ajustados.
Con el tiempo me acostumbré a esa vida, pero vivía reprimiendo hasta mis pensamientos, y me daba asco, como se le tiene asco al cuerpo putrefacto después de haber dejado este mundo.
Así, un día común, lo planee todo, y decidí cambiar todo esto.
(…)
Tendría que haber bajado por la escalera con más silencio, sin el apuro que me atropellaba el buen juicio, pero ya no podía cavilar con sosiego, me temblaban las piernas del nervio, de la sola idea rondando mi cabeza: Tendría que dejarlos, tenía que irme.
Había despertado casi de sobresalto, como si un sueño perturbador me hubiese traído el anuncio del escape, no podía recordarlo y en sí tampoco intentaría recrearlo. Despegué los ojos del techo y fui limpiando mis ojos del letargo y me percaté de Leonard, bajo mi brazo. Estaba él, enrollado hacia mi cuerpo, con el gesto fruncido y el cuerpo reprimido. Le di un beso en la mejilla, como los que solía darle por las mañanas a los cinco años. Ahora ya no era un niño, pero aun se asía a mí como a sus cinco. Despojé mis brazos de su cuerpo, me retiré en silencio de su espacio y lo observé por un momento y pensé: Que pensará de mí, cuando tenga veinticinco.
No había más que pensar al respecto, ya lo había decidido hace muchos años; mi vida tendría que seguir su rumbo, al menos el que yo había soñado.
Retiré de la cama los zapatos de Leonard, guardé las fotos que había dejado tiradas por el piso, me puse los botines que hacía diez años no me había puesto, y recién luego busqué ponerme un saco sobre las ropas. Enseguida comenzó el nervio a apoderarse de mi cuerpo, ya no me movía con silencio sino con una torpeza inoportuna que hacia chistar el piso. Fui al cuarto de Danielle y ella yacía allí tan albúmina y fresca como un cielo, ella se parecía mucho más a mi madre que a mi y al pensarlo me llené de desprecio; cerré su cuarto y me dirigí de nuevo al mío, observé a Leonard tendido tan quietecito y le mandé un beso con un gesto; cerré también mi cuarto, bajé sin ritmo los escalones hasta que casi tropiezo, di un salto en el último escalón y tomé las llaves de un tirón para correr hacia el umbral de la puerta, cerré con llave y me aleje caminando remisamente, pero con el corazón exasperado por avanzar mas rápido.
Un vecino venia corriendo en mi dirección y me mandó un saludo, lo miré y solo le respondí el gesto, voltee y seguí mi trayecto; caminé, caminé hacia el paradero de buses casi seis cuadras, al llegar tomé un taxi que me llevaría al aeropuerto; y me olvidé de la vida que estaba dejando. No siento remordimiento al evocar este hecho; por qué habría de sentir arrepentimiento. Hubiese sido una madre común, habría cumplido con mis hijos de la forma más digna y habría también sido una esposa mansa y responsable, y esa persona no era yo. Por supuesto me detuve a pensar en mis hijos muchos años, y en el rencor o nostalgia que me guardarían por siempre; pero el destino de sus vidas y sus afectos no iba a decidirlo mi presencia ya en esos años. Les había dado todo, incluso les había inventado una madre, un cariño que nunca llegué a comprender del todo, y que me enseñaron también ellos. Qué más podría haberles dado, que mi vida funesta y mi depresión continua. Al quedarme hubiese sido una madre que llora encerrada en el baño, que se seca las lágrimas y dice que no está triste; que disfruta esta vida de familia y que por dentro se muere con cada cucharada de comida que ella se prepara, no; yo no quería esa vida para mis hijos. Ellos se daban ya cuenta sin la lógica aun, pero percibían que yo, no pertenecía a ese sitio, tenía que volar como el ser silvestre que siempre fui.
Era un día corriente para cualquiera, un día nublado de bullas de tráfico en Lima, de peatones surcando a tropel las pistas sin permiso, un día de lunes de trabajo y estudio, alistando alguna preocupación mañanera desde temprano y una angustia de siempre bajo el brazo, era un día corriente; sin embargo para mi, era el primer día de mi vida, donde podía crearme y ser más que madre, más que esposa, más que una simple mujer de sociedad.
3:21 p.m.
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A bordo al peso de la cama
me chupo al hueso,
y me depuro entre la libido.
Con igual gana
despojo y desvisto mi vivacidad
mas resisto y tiemblo,
me enliquido titillando,
asida como un feto;
y ya en la boca me restrego la patética escena,
encrespo mi buen juicio, lo continúo a río
Voy
le sigo a la libertad del mundo
pero le soy torpe, la corrompo
surco
despotrico
y avanzo
tengo apuro,
no me contengo
en cauce.
Quiero abrir las piernas y los brazos,
dislocarme el sexo a codo,
arrasarlo todo;
entre piedras y tormentas;
por los muslos revestidos
de la hiedra hedera;
yo desfiguro mi raudal
le desbarato a añicos a sisear
bisbiseando sin pecado en suma
Sin la_mia
Sin la_mia
con la S de mi nombre
hasta término de torrente.
Y me distiendo sobre la pradera;
a puro aire,
con la gota en frente
a puro mar
sin la forma aquieta
Y soy YO
Por fin
y de cara descubro:
que mi hueso, sabe a carne.
8:36 p.m.
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Le abrió la puerta la secretaria, y Mariella (como elegí llamarla aquí) ingresó taciturna de la mano de su bolso verde. Al verla, al llegar por fin a conocerla; me provocó una inusual inquietud. Su historia clínica transitaba sin apuro por mi juicio e intenté a la par atribuirle imágenes anodinas para no prendarme de ella. A milímetro escudriñaba, y preparaba mi mente y el ambiente, para celebrar con ella, para conocerla y fascinarme con su sapiencia, que fue tan bien descrita por mi buen amigo y colega Merckel, en su file clínico; el que me había mantenido despierto las ultimas ocho horas.
Ella era un caso desafiante, hacía quince años que no desentrañaba a piel en vivo, un caso que me despertara un interés mayor que una plácida tertulia entre colegas.
Se la percibía en control, confiada, luciendo un lustroso brillo en sus ojos, al verme esperándola en el sillón frente al suyo.
- ¿Como está doctor? Un gusto, me han hablado mucho de ud.
- Bien, gracias; ¿Qué te han comentado sobre mi?
- Bueno en realidad, yo averigüe sobre ud. y no fue difícil, pues dado su prestigio hay artículos suyos a la mano de uno, y muy buenas apreciaciones sobre su labor en el nosocomio donde trabaja. El doctor Merckel le manda muchos saludos.
- El buen colega Merckel, gracias….Mariella compartimos la medicina en la sangre ¿Cómo así te convertiste en doctora?.
- Uhhhh largo de contarle, pero supongo que aquí con ud. puedo darme ese derecho.
- Claro, sí; cuéntame.
- Siempre supe que seria doctora, siempre perseguí ese sueño desde que me tropecé con los Tomo V y VIII del Netter, el compendio de anatomía que encontré en la casa de mis abuelos paternos. Ese libro que le había pertenecido a un tío que falleció joven, fue un hito en mi vida; valía más que el oro y aun a los 10 años, yo lo sabía. A partir de ese suceso, empecé a soñar con los cuerpos diseccionados, dispuestos de par en par, para mí; sobre las mesas de la sala. Los músculos por capas torneando cada hueso, luciéndose en gradientes por nivel en cada brazo y pierna, todos extendidos, sostenidos por agujas; esperando de mi mano y así, así llegaba a excitarme (…)
Quebraba su largo cuello hacia la derecha, virando ligeramente hacia fuera de nuestro espacio, un tanto arriba. Para regodearse de su recuerdo se rozaba los labios de forma sutil con el pulgar y su mente se separaba del presente y me iba narrando su historia.
Toda ella estaba plagada de decisiones convencidas, existía muy poca flaqueza o vulnerabilidad en su haber verbal. La fragilidad que en realidad la poseía como su segunda capa, la cubría exitosamente con un tino inteligente y su postura confiada. Viraba sus largas piernas hacia mi, sin mayor reparo y con elevada fineza y argucia me jugaba la mirada y con ella el discurso.
Nos reunimos cinco veces finalmente, en las que diseccionamos su historia (y en mi adentro, la mía)
- No siento pesar doctor, no me genera pesadumbre ni mucho menos un haz de arrepentimiento, pero me provoca cierto desconcierto cuando lo analizo en tercera persona, pero eso no sucede a menudo.
- ¿Por qué desconcierto?, y no goce, como me explicabas ayer.
- El placer que me genera deshacerme de ese ser formándose en mi, es un goce infinito que me gobierna por más tiempo que un orgasmo vívido.
Sabe, cuando completo el orgasmo con cierto amante, lo deshecho casi de inmediato y me aseguro de ir conociendo al próximo.
- ¿Y luego?
- Luego me embarga una inquietud, como si algo fuese a suceder, algo inevitable.
- ¿Qué podría pasar Mariella?
- Bueno en realidad, nada agradable, pero eso sensación es muy frugal y se esfuma como le decía hace unos días.
- Y a continuación planeas el curso y fin del embarazo cierto?
- Suena tan sencillo salido de su boca y por como me habla.
- ¿Y cómo le hablo?
- Ud. es diferente, me inspira mayor confianza que los otros psiquiatras.
- Mariella, no soy tu próximo amante.
- ¿Por qué dice algo así? ¿Eso dedujo de mi expresión corporal? O de mi voz?
- ¿Por qué sonó tan sencillo de mi boca?
- Porque no sigo un ritual repetitivo para cada uno, me tomo mi tiempo. Calculo con tacto el día de mi ovulación, pacto una cita con mi amante y me procuro un doble orgasmo; lo disfruto aun más porque sé que tendrá un fin más trascendente y un goce mucho más elevado.
- Configuras el día final, tres semanas luego de la fecundación, al formarse el corazón; me decías ayer; ¿Por qué hasta ese suceso?
- Porque eliminar una célula seria insignificante y deshacerme de un feto mas completo sería demasiado demandante para la salud, ud sabe.
A la cuarta semana del embarazo, la bolsa diminuta empieza a latir y se forman las cámaras, cierto? Sigo con alegría esos días y a la quinta semana, cuando el corazón ha tomado la forma básica, cuando la cámara inferior y la superior se dividen en dos, se que debo de ir planeando el fin. Ya durante la sexta y séptima semana, que sé que los vasos sanguíneos se enrollan y se conectan, y las válvulas que aseguran el flujo ya son funcionales, es en ese tiempo del latido que yo debo actuar.
- ¿Con el último y único fin que el goce?
- Es superior a un goce, sabe; ¿Qué es acaso un corazón? El corazón latiendo es el motor de esa vida, es la razón.
Nosotros como doctores nos instruimos del organismo y sus misterios y uno de ellos es el corazón. No es más que un simple motor que hace vibrar la piel, para quienes no se instruyen de su complejidad como nosotros. Pero para mi, detener un corazón, es detener la razón de esa vida.
- ¿Cómo así detener la razón?
- Ud. sabe, el corazón es el órgano muscular más activo, se hincha y desinfla de sangre, no de aire vacío como el pulmón. Está más vivo que cualquier otro órgano, y si bien el cerebro es el del juicio; en un feto, ese encéfalo es un simple lastre que aun no cumple su función y en realidad no ha empezado a pensar siquiera; aunque las investigaciones digan puntos diversos respecto al tema. El corazón cuando ya late, es la única razón de ese cuerpo, la complejidad de su latido es quien se lleva el mérito de la propia vida.
- Y por ser tan trascendente en dicha semana, le das fin con goce.
- Exacto, porque es más que un huevo cigoto o néurula incluso, y que se apague por mi voluntad, me produce el placer más completo porque soy diosa y muerte en ese mismo instante, me regocijo al saberlo, como ningún ser humano lo ha hecho en su vida.
- ¿Porque creas vida y le das fin como un dios, cierto?
- Si, ud sabe; el fin es la razón en sí misma y yo soy plena al decidirlo en mis adentros, una, y otra y otra ves.
Abría delicadamente los ojos y sus labios se expandían invitándome en su reflejo. Su pupila, sus pupilas me enviaban el mensaje directo de sus fines, se dilataba ella y mis manos abiertas me encrucijaban en culpa.
Era ella, estaba seguro, era la Mariella de mi adolescencia, con otro nombre más bonito y con una figura más proporcionada y madura.
¿Cómo no pude advertir que era ella? ¿Qué hacía ella aquí?
Yo también había sido su amante alguna ves, ¿También habría asesinado una razón de mi, en ella? O era una vil treta de su ingenio para cautivarme.
- Doctor, ¿Ud cree que es infame esto que hago?
- ¿Qué es lo que haces?
- Esto, darle fin a un ser en mi.
- ¿Tú crees que es infame?
- Prefiero creer lo que tú me digas.
5:53 p.m.
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Una despedida que ignora el hado final del día, uno típico como el de ayer; y como todos los otros días que transitan trashumantes sin cesar, frente a la muerte. Frente a una inmensa pila de muertos, que cada vez son más anónimos, ya que el fin de un respiro, de una vida, tiene la misma carga de importancia que la publicación de un cuasilibro de una joven, el mismo peso de atención de los medios por un producto para bajar de peso.
Cuantas muertes sabemos hoy, y no nos pesa, no nos quiebra, no nos afecta. Porque hoy si alguien es arrancado abruptamente de la existencia, ya no nos aflige, en perspectiva.
Somos millones de millones de humanos limo, respirando con sentido o sin él, y si es que alguno fenece como consecuencia natural del movimiento de la naturaleza; no se siente, no altera ni perturba; de la misma forma como al atribulado árbol, continua rebosante y vigoroso, aun así, si es que se ha despedido de una hoja arrancada o de una rama completa.
Hoy, cuantas muertes súbitas, que ya no retuercen la emoción, porque son tantos y la pena no le alcanza al hombre. Pero que tal pena, tan ligera ¡
Millones de posibilidades de plenitud de vida, yacen en cuerpos purulentos entre los escombros, y aquí estamos vigorosos, tan resueltos sonriendo, porque la pena ni el lamento le alcanza a tanta muerte. Y si te toca, y si te conmueve alguna fibra y te liba la sonrisa; no te dura, se esfuma. Sigues siendo espectador, tu sangre no se hincha en desolación, no es lo tuyo. No es alguien que amas como una extensión tuya, quien jamás te dirá: “Que orgullo, ser tu amigo, cuanto te he querido”. Tú vas a despertar y tu mundo de m² continúa impertérrito, porque no eres TÚ, ni a quien amas; quien llora la negación de la despedida, la culpa de no haber dicho lo que se quiso decir. No, no te afecta, no es tu carne, ni la de los tuyos la que se disipa entre muros rotos. Sin embargo crees ingenuo que tal hecho no te toca, y no te llega, pero te aseguro que sí. Ese día, el que tú no esperas, ese día aciago te llega y la lástima deja de existir y te resientes en furia con este mundo que no se inmuta, porque lo tuyo no es nada; porque tu historia ni tu muerte vende algún dinero, porque ya no haces temblar a otro ser humano.
6:14 p.m.
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Llevo una letra de invita
me parto en dos, en cuatro
y en parafina destilo mi lengüita;
me deslizo jugueteando, brincando, rodándome en un torso,
en un tramo de algún brazo
sellando en el pecho de la vela,
alguna huella de mi paso
En la hora, crispo en carcajada
centelleo hacia lo alto,
¡Qué flagrante brillo¡
Esparcida sobre la llanura
flotando epicúrea, mandándole besitos a las rocas
Arrojándole mis pudorosas carnes
a las altas pasiones,
en la vital llama de la hoguera
mordiendo alguna que otra boquita
y yo ilesa, sonriendo;
regreso ceniza,
a la vena de la arena.
1:46 p.m.
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Cruje la lengueta vergonzosa
se peina, se lubrica;
recrea la moral inversa,
sobre encima la saliva
en dos ligeros roces
como el ladrillo y palo
que se distienden sobre techo
en un frenético intento
de alcanzarse virtualmente
en aliento y sombra;
en un simple primer plano
un tanto más
y casi, casi
casi
que son polvo y roca
universo y nada
Los contemplo espía
me cae, que algo traman
esconden de mi vista esquiva
el vivo beso
de anudada lengua
ese aquel que en busco a pie
tocando
dejandome tocar
de casualidad o
de pura rueda
9:08 a.m.
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Puño,
puñete
arremetes
contigo, contra
conmigo
lo haces
Enemigo de esta casa
conciente a tropel
punzando prieto
airado del afta
y yo bailo, bailo
me retuerzo y escribo
punto trocado
me muevo en sigilo
y al fin desvirtuado
cáustico lleno
con pescuezo a la mano
un canto, plácido
y dulcío en la rabia,
en la furia
Torturando la muerta
aplasto tan sosegado
a rato, la rata
y te replico al oido:
Esta muerta, no ves?
4:22 p.m.
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Ignoro
Ignoro tanto
de los sucesos matinales
de las tertulias cantadas
a las seis de la mañana
Incluso de esta claridez
va deglullendo la anterior noche
se la come deliciosamente
le tritura el broche
de las horas p.m.
burlando jocosamente
el engranaje de esta mente
Vaya que no me había dado cuenta
de la gula de estas horas,
que se ha gozado parca,
masticandoze mi anoche
pero me gustaría preguntarle:
A que saben.
Que deleite le encuentra
en tragarse:
Uno,
y otro,
y otro,
y otro día;
porque realmente ignoro todo eso
4:21 p.m.
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La hallé con los ojos hinchados, bañada de las gotas del caño sobre su rostro. Sabía que esa llamada la había perturbado, sabía que el ex esposo tenía algo que ver.
Ella me decía que lo que más le afectó que dijese fue: “Que se olvide de mí, porque ya no la necesito más”.
La observé llorar, quiso contenerse, demostrarme que había aprendido la lección aquella, pero lo que sentía la desbordaba; la decepción se deslizaba por sobre sus ojos, esa sensación de algidez bajo la lengua, que se forma cuando nos damos real cuenta del otro, de la parte aquella ruin, que es capaz de desenvainar el ser que horas antes nos prodigaba el amor puro. Su pecho regurgitaba airadamente la cólera contenida. La observaba calmada, intentando evitar contagiarme por su emoción, pero me fue en vano, la que estaba más embargada por la escena rebusque, tal vez era yo. Pienso que nos dolía romper ese idealismo romántico, ese romanticismo exacerbado que habita latente en uno. Darnos cuenta de la amplia gama de acciones que es muy capaz de realizar el otro, al margen de uno o incluso en contra de uno mismo (conocido despecho).
Seguíamos siendo unas niñas después de todo, aun nos afectaba descubrir que lo que llaman amor, tiene su otro lado muy desintegrado de lo que fue tan sublime, y que en una metamorfosis se caldea en el desprecio y/o venganza. No lo termino de digerir nunca, aunque las mayorías confirmen que es lo natural en el proceso de separación (más parecido a la separación de bienes en sí).
La veo llorar, y en sus ojos yo también lloro con ella. En tan solo unas horas el amor que ella entendía, viró a otro rumbo más dantesco; se torció en una decisión tan sencilla. Y me doy cuenta con ella, que ese romanticismo shakesperiano termina por herir aun más, cuando se levanta el telón sin previo aviso.
“El amor bajo la manga”, y se transforma en un sentimiento sencillo de transformar hacia la nada, hacia la indiferencia o la venganza más vil. “Todo eso es mierda”, se lo digo a ella. Tan mierda como lo es el romanticismo idealista, lo pienso.C14